El país uniformado

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En la reunión de la Conago, celebrada el jueves, los gobernadores se cuadraron ante el próximo presidente López Obrador y le ofrecieron colaborar en todo. Eso es positivo si no se llega a la ingenuidad.

Hay un buen ambiente político en los distintos ámbitos del país, tras el reconocimiento de todos de que la población votó mayoritariamente por un cambio profundo y que esa transformación la debe encabezar López Obrador.

El mandato es claro. El riesgo también: tiene buena parte del poder y va por el poder absoluto.

La genuflexión, la competencia por quedar bien con el próximo presidente de parte de medios de comunicación (nada raro), de grandes empresarios (nada nuevo) y ahora de gobernadores de los estados, no es sana para México.

Con el cuento de la austeridad, a los gobiernos estatales les van a meter un comisario político que va a concentrar todo el poder de la federación en sus entidades.

Un comisario que será el encargado de ver los planes de desarrollo y la aplicación de los programas sociales en esas entidades.

Y resulta que esos comisarios, o “coordinadores estatales de programas de desarrollo”, como se les va a llamar, son todos senadores de Morena, excandidatos de Morena, dirigentes estatales de Morena, que van a renunciar a sus encargos con el fin de tomar las riendas de los programas de gobierno en sus respectivas entidades.

Van a hacer campaña adelantada por tres o seis años. Serán los próximos gobernadores.

A los mandatarios estatales les están metiendo un gol que, por supuesto, detectaron y aceptaron sin chistar, salvo los casos –creo– de Michoacán y de Chihuahua, que al menos se atrevieron a preguntar de qué se trataba el asunto.

“Austeridad”, respondió el presidente electo, al sostener su postura en que en algunas entidades hay hasta veinte delegados federales.

-Cincuenta en varios casos, señor presidente-, le apoyaron los mandatarios estatales.

Concentrar todo el poder de la federación en una sola persona en cada estado es un golpe político, no de austeridad.

Los estados dependen de las participaciones federales, por tanto si hay sólo un representante del gobierno central, el poder en la entidad recaerá en éste. O los gobernadores electos democráticamente lo tendrán que compartir con el designado por el presidente.

Qué bonito federalismo. Y los gobernadores callaron.

Se pusieron de tapete y van a pasar sobre ellos.

Hasta ahora ningún delegado concentra el poder de la federación, pues casi cada secretaría tiene una ventanilla.

Y lo que se ha cuidado hasta ahora es que los delegados de dependencias fuertes no sean –en la mayoría de los casos– originarios del estado al que fueron enviados.

¿Por qué? Porque sería tanto como poner vicegobernadores. Los locales tienen sus amigos y clientelas construidas con el tiempo y una delegación es plataforma electoral.

Si se concentra todo el poder de la federación en un solo delegado, que es local y además dirigente de Morena, ya está el próximo gobernador.

A ver. ¿Qué va a hacer la profesora Delfina Gómez como comisionada del presidente en el Estado de México?

¿Qué va a hacer Jaime Bonilla en Baja California, con toda la representación del gobierno central?

Nancy Ortiz, ¿qué va a hacer en Oaxaca? ¿Y Enrique Novelo en Durango, Víctor Guluarte en Baja California Sur, Carlos Lomelí en Jalisco o Amílcar Sandoval en Guerrero?

Todos son dirigentes de Morena en esos estados, o senadores de Morena por esos estados.

Obviamente van a dedicarse a construir su candidatura al gobierno estatal con años de anticipación.

Y van a disputarle el poder al mandatario local que, para bien o para mal, eligieron sus paisanos.

Lo que tenemos ante nosotros, con este ‘ahorro’ en delegados para mandar a un solo comisionado, es un golpe al juego democrático y a la pluralidad.

Con este esquema, que se desliza bajo el manto de la muy loable intención de austeridad, lo que vamos a tener dentro de seis años es a toda la república uniformada y gobernada por un solo partido.