Que se vaya el odio y que vengan los votos y la paz

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En el concierto de las discrepancias propias de la coyuntura, parece que el consenso generalizado es que en ningún otro proceso electoral se había registrado un sentimiento de polarización social, de irascibilidad política, de escarnio físico y moral; de puños crispados y madrazo a flor de labio, como en el que estamos viviendo.

 

Participar en la transformación del país por la vía electoral, asumiendo que el entramado institucional posibilita avances en el proceso de transición democrática, y al mismo tiempo descalificar a las instituciones, desacreditarlas aludiendo a la presunta organización de un fraude, sigue siendo una de las grandes paradojas de nuestro sistema político-electoral y de las nomenklaturas partidistas que siempre tienen en los tribunales electorales el patio trasero donde se disputa lo que no validaron en las urnas.

 

La reforma política promovida por Jesús Reyes Heroles en 1977 fue el primer intento de la era moderna para canalizar por la vía institucional la insurgencia social y política que, tras la masacre estudiantil de 1968; la repetición de la historia en 1971 con estudiantes del Politécnico, los movimientos campesinos, y sindicales (magisteriales y ferrocarrileros, sobre todo) llevaron a mucha gente a plantearse la vía armada como el único camino para el cambio de régimen.

 

En los 70 algunos aceptaron participar en la incipiente democracia del siglo pasado; otros se quedaron en la sierra y en las zonas urbanas reivindicando el cambio social por la vía de las armas.

 

Diez años después, en 1987 revivió ese debate, cuando una corriente importante de priistas integraron la llamada Corriente Democrática para impulsar la democratización de ese partido desde dentro. Como no lo consiguieron, abandonaron sus filas y aglutinaron en el Frente Democrático Nacional una amalgama de fuerzas progresistas que, con el registro del PARM impulsaron la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas a la presidencia de la República.

 

La historia es de sobra conocida. La historia sigue registrado aquellos episodios del 88 como el gran fraude que llevó a Carlos Salinas, de la mano de Manuel Bartlett y Diego Fernández de Cevallos como figuras emblemáticas, a Los Pinos.

 

Pero la izquierda estaba ya, mayoritariamente dentro del sistema de partidos. En 1994 y 2000 volvieron a postular a Cárdenas, ya integrados en el PRD; en 2006 y 2012 postularon a Andrés Manuel López Obrador. Las interpretaciones sobre las cinco derrotas consecutivas son muchas y muy diversas. Imposible resumir aquí 30 años de historia electoral mexicana.

 

Para 2015 Andrés Manuel tenía ya su propio partido, Morena, cuya base social proviene fundamentalmente del PRD, pero amalgamando ahora una miríada de personajes, corrientes, organizaciones, sindicatos y partidos, que seis años antes el propio Andrés Manuel se negó tajantemente a aceptar y, sostienen algunos, eso fue factor clave para la derrota frente a Enrique Peña Nieto.

 

Hoy parece la hora de la venganza. Andrés Manuel aparece a la cabeza en todas las encuestas, con ventajas que se antojan irremontables sobre sus más cercanos competidores, Ricardo Anaya y José Antonio Meade, del PAN y del PRI, respectivamente, aunque algunas encuestas ubican a uno y otro en segundo y tercer lugar.

 

Dice Lorenzo Meyer que “AMLO logró construir un partido político y un movimiento social de oposición que hoy puede alcanzar la presidencia por la vía pacífica, institucional, pese a la propia historia de México, país refractario a la práctica genuina de la democracia política”.

 

Coincido en la primera parte de su enunciado. AMLO puede ser presidente por la vía pacífica e institucional, y por eso no entiendo bien por qué la andanada de insultos, amenazas, advertencias y descalificaciones, no sólo contra esas instituciones que no son las mismas de 1988, sino que han venido avanzando en su consolidación como garantes de procesos que tienden a ser más confiables, gracias, precisamente a la participación de todas las fuerzas políticas en el país.

 

Que aún les falta mucho para garantizar elecciones totalmente limpias, transparentes e incorruptibles, es también cierto y lo es por las mismas razones: que en ellas participan todas las fuerzas políticas del país que, en mayor o menor medida, tampoco son totalmente limpias, transparentes e incorruptibles. Vaya cosa.

 

Lo que más llama la atención en esta etapa del proceso, es esa descalificación no sólo a las instituciones de las que son parte, sino a cualquier ciudadano que se aparte un milímetro del aplauso incondicional, de la veneración cuasi religiosa, de la fe ciega que todo lo justifica y que, de alguna manera ha sido uno de los elementos indispensables para hacer de México ese “país refractario a la práctica genuina de la democracia política” del que habla Meyer.

 

No se puede ser ingenuo o voltear hacia otro lado cuando en el país subsisten prácticas inerciales que apuntan al fraude y la mapachería, como tampoco se puede serlo cuando es claro que la alternancia en México ha conseguido incipientes avances en la democratización y la transparencia de los procesos electorales, pero ha dado pasos agigantados en la socialización de las mapacherías entre todos los partidos políticos.

 

En el caso de Sonora, por ejemplo, nadie, en su sano juicio, podría asegurar que los operadores electorales del padrecismo que hoy trabajan para Morena, dejaron en el PAN sus prácticas de intimidación, guerra sucia, fake news, campañas negras y demás perversidades en las que hicieron su posgrado durante los seis años del gobierno de Padrés.

 

Claro que los priistas le entienden, y bien, a esos asuntos, pero ya no tienen el copyright y a estas alturas por todos lados se cuecen las habas de la mapachería.

 

Por eso la gran apuesta en esta elección debe ser a la participación ciudadana, libre y consciente; civilizada, pacífica, informada y madura. Los partidos, ninguno, van a abandonar sus inercias y pasiones, pero los ciudadanos sí podemos acudir a las urnas sin mayores aspavientos, ejercer el derecho al voto, expresar a través del mismo las muy respetables preferencias de cada quién, y que la decisión mayoritaria determine en quienes recaerán las responsabilidades ejecutivas y legislativas.

 

Siguiendo con el caso Sonora, la presidenta del Instituto Estatal Electoral, Guadalupe Taddei Zavala declaró que se encuentran listos para garantizar un proceso limpio y tranquilo, para que cada sonorense que acuda a las urnas encuentre su boleta para emitir su voto.

 

Acompañada de la vocal ejecutiva de la Junta Local del INE en Sonora, Olga Alicia Castro Ramírez, dijo que los órganos electorales en la entidad han trabajado de manera coordinada para el 1 de julio.

 

Llamó a la ciudadanía acudir temprano a las urnas tomando en cuenta las condiciones del clima que se tienen en la entidad, “las casillas empezarán a instalarse a las 7:30 de la mañana para empezar a recibir a las y los electores a las 8:30 y cerrarán a las 18:00 horas o cuando haya votado el último elector”.

 

Llamaron a las y los electores sonorenses y a la ciudadanía en general a consultar las páginas de ambos organismos en las cuales se puede encontrar información útil para el día de la jornada, como es la ubicación de la casilla, así como quiénes son los candidatos registrados para el distrito local o federal o Ayuntamiento que les corresponde.

 

Destacaron que tanto el INE como el IEE Sonora, contarán con el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP), mecanismos de consulta para la ciudadanía, que empezarán arrojar resultados de las casillas a partir de las 20:00 horas.

 

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