Quizá sea hora de serenarse. Quizá

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Quizás sea hora de serenarse. Quizás sea el momento en que la patria necesita algo más que la polarización y el encono que ya tienen al tejido social bastante crispado, a la defensiva y a la vez listos para brincar, a la más mínima provocación, al pleito a puñaladas incluso entre amigos y familiares.

Nunca como en otra coyuntura electoral, la rijosidad está a flor de piel y la proclividad a la descalificación y el insulto llenan la agenda cotidiana cuyo relato está al alcance de todos gracias a la democratización de la información y el acceso a la plaza pública que son las redes sociales.

De un lado y del otro. No hay quién se salve. Las instituciones y las figuras públicas están bajo el asedio de los fundamentalistas de la opinión en contra y el escrutinio ciudadano.

Partidos políticos, gobiernos, jueces, legisladores, periodistas, clérigos, ciudadanos de a pie que tienen la mala fortuna de pasar frente al ojo de la cámara de un Smartphone por estacionar mal su carro, tirar una colilla en lugar prohibido, equivocar un dato, titubear cuando no se debe, sacarse un moco o patear a un perro.

Es el signo de los tiempos y quien no lo entienda así vive en otra galaxia.

Esto es muy bueno porque desacraliza al poder, cualquiera que éste sea, y lo exhibe, lo descarna.

Tiene sus riesgos, desde luego, porque en ese concierto de voces en la plaza pública, pueden ser más notables las que desafinan desde la banqueta y al cobijo de la multitud que les garantiza el anonimato valiente tipo Melitón, ese bárbaro cuya biografía cantó el poeta Eulalio, y que a la letra dice “nunca perdía, porque pegaba primero y tumbaba, y si no tumbaba corría”.

La posibilidad de que en el plano nacional la alternancia deje de ser entre dos, para pasar a ser una alternancia de tres, tiene nerviosos a más de cuatro, enojados a más de cinco, tristes a más de seis, pensativos a más de siete y así, entre muchos que no terminan de entender por qué el sistema político mexicano ha transitado por la Independencia, la Reforma, la Revolución y lo que venga, en ese extraño sincretismo de la extrema derecha con la izquierda radical que no sé si sea mejor a lo que se ha visto en otras partes del mundo, pero es lo que tenemos.

Y eso, lo siento mucho, mijitos, dijera el Ismael Mercado, tampoco cambiará sustancialmente en esta coyuntura, así que guarden la rabia para mejores ocasiones.

Porque esa rabia ya la he visto, en los últimos treinta años irse diluyendo en pactos claudicantes donde se negocia la tabla de salvación para los mismos que siguen hablando a nombre de un pueblo al que no pertenecen.

Y no hablo de los periodistas, que sólo hacemos el relato de esta larga historia, sino de los que, desde los cargos públicos a los que han llegado, son quienes tienen acceso al diseño y operación de las políticas públicas que integran, finalmente, la narrativa del estado de cosas que los periodistas tratamos de contar, solamente.

Luego entonces, “serénensen”, bots, troles, liebers de todos lados. Y ya en el plano de las recomendaciones, agarren un talacho, una pala, un hacha, para que les dé una calentura de las buenas, y no esa de los huevonazos que tiemblan frente a la posibilidad de salir del presupuesto, de la misma manera que lo hacen frente a la posibilidad de entrar a la nómina y legitimar la condición de ninis que son, que siempre han sido.

 

II

Como cíclicamente sucede, los concesionarios del servicio del transporte urbano en Hermosillo desenvainaron el machete y aludiendo -otra vez-, que el negocio es incosteable y se requiere un nuevo incremento a las tarifas, amagaron con no encender las refrigeraciones en las unidades, pasándole de nueva cuenta la factura a los usuarios.

No recuerdo, desde que vivo en esta ciudad hace 30 años que esta película deje de repetirse, cambiando lo que haya que cambiar, pues en aquellos entonces el servicio con aire acondicionado se ofreció en una sola ruta, con microbuses nuevos y que por cierto eran operados sólo por mujeres. Esto fue a principios de los 90 y en un par de años, las unidades ya estaban para el arrastre y las refrigeraciones inservibles.

Tres décadas en las que se han probado toda clase de esquemas para tener algún día un servicio de transporte urbano eficiente, cómodo, seguro y accesible en sus tarifas, siempre subsidiadas por el gobierno.

Cuando se creó Sictuhsa en el gobierno de Eduardo Bours se creyó que con ese nuevo esquema de unificación empresarial, los concesionarios reducirían los costos de sus insumos y relanzarían sus niveles de eficiencia. No funcionó. Desde entonces y hasta la fecha, los concesionarios han vuelto, periódicamente a levantar sus voces de protesta porque el negocio no es negocio; el gobierno no les cumple sus exigencias de subsidio suficiente y expedito, así como de seguridad y por tanto, no pueden mantener sus unidades en condiciones medianamente aceptables.

La semana pasada salieron nuevamente con esa historia, pero quizá no esperaban una respuesta como la de la gobernadora Claudia Pavlovich que, poniéndose del lado de los usuarios, advirtió que no cedería a los chantajes de los concesionarios y éstos estaban obligados a cumplir con el servicio en las condiciones convenidas, y eso incluye el aire acondicionado, que ha dejado de ser un lujo en una ciudad donde los veranos alcanzan temperaturas de 50 grados a la sombra.

El endurecimiento de la parte gubernamental no estuvo en el plano de la confrontación, pero sí de la firmeza en la mesa de negociaciones, donde finalmente se llegó a un acuerdo y los concesionarios aceptaron encender las refrigeraciones a partir del primero de mayo en cien unidades, e incrementar el número de las mismas en la medida que fluyan los recursos para ello.

 

III

Me tocó volver, ayer por la tarde, a una plaza de la colonia El Sahuaro donde hace algunos años acompañamos a Jesús Alberto Cano Vélez en una jornada de entrega de kits alimenticios a familias de muy escasos recursos económicos.

A través de la fundación que lleva sus apellidos y que opera desde hace poco más de cinco años, el personal que participa en estas jornadas toma como referencia los estudios del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, para detectar las zonas con diversos niveles de pobreza, para orientar hacia allí sus programas, no sólo de alimentos que por cierto son donados por productores agrícolas (granos, oleaginosas, hortalizas y otros vegetales).

También destinan los recursos a programas de salud, apoyos al deporte (hay cuatro becados compitiendo por un lugar en juegos olímpicos); becas estudiantiles, entre otros; recursos obtenidos por la “Fundación ayudo y me gusta” a través de su sorteo anual cuyos premios esta vez son tres residencias, seis automóviles del año y cheques por 200 mil, 150 mil y 100 mil pesos.

Actualmente, la fundación la preside Oscar Alberto Cano Jiménez, quien personalmente recorre más de 60 colonias de Hermosillo y otras tantas en diferentes municipios del estado donde viven los miles de beneficiarios empadronados en la fundación.

Cualquiera podría pensar que sólo en las zonas marginales existen necesidades apremiantes, pero ayer nos tocó visitar la colonia San Benito y observar a gente que no está en la franja de la pobreza extrema, aglomerándose para recibir calabacitas, pepinos, frijol y tortillas recién hechas.

“Donde quiera” -asegura Oscar Cano-, “existen necesidades, aunque en zonas residenciales hay comités de la fundación operando en temas de salud, educación, deporte y hasta alimenticios”.

Obviamente, pregunté al ex regidor hermosillense si no estaba aprovechando la fundación para promover su candidatura a la diputación local por el distrito IX y me remitió a esa historia de más de cinco años trabajando en los programas de la fundación, sin que mediara coyuntura electoral alguna.

 

III

 

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