Murió el 23 de marzo Don Fernando Solana Morales

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Murió el 23 de marzo Don Fernando Solana Morales. Fue titular de la Secretaría de Educación Pública en dos ocasiones: La primera de 1977 a 1982, cuando entró al relevo de Porfirio Muñoz Ledo en el gobierno del presidente José López Portillo, y la segunda a finales del gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari, entre 1993 y 1994.

Solana venía precedido de amplias e importantes credenciales como servidor público. Lo enorgullecía presentarse como profesor y periodista. Fue secretario general de la UNAM con el rector Javier Barros Sierra, en los aciagos momentos de 1968 cuando la UNAM vivió la peor crisis de su historia. Marchó junto con el rector en la llamada “marcha por la dignidad universitaria” contra los atropellos oficiales. Fue funcionario después en la Conasupo con Jorge de la Vega Domínguez, donde impulsó importantes reformas. Posteriormente sería secretario de Comercio (1976), de Educación(1977), director de Banamex (1982), secretario de Relaciones Exteriores (1988), nuevamente de Educación (1993), y senador de la República (1994-2000). Culminó su carrera como profesor y consultor de empresas y gobiernos.

En su vida de servidor público fue un reformador como pocos. Honesto, capaz y respetado, que dio lustre a los cargos que ocupó. Siempre innovando, siempre bajo nuevas ideas, proyectos modernizadores y realizaciones para reformar las instituciones, venciendo resistencias, arcaísmos e intereses creados que por años se beneficiaron del desorden público. Siempre partidario del diálogo y de escuchar la diversidad de opiniones.

Solana nunca le sacó ni le tembló la mano para emprender reformas. Hizo méritos y cambios. En Comercio le tocó manejar con destreza la difícil política de precios meses después de la devaluación de 1976. En la cancillería la delicada relación con los Estados Unidos y Canadá, en el marco de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio. Sin embargo, y a nuestros juicio fue en Educación donde aportó más. Él dijo hace apenas unos años: “La educación no es el único gran cuello de botella nacional. Pero sí es uno de los que más obstruyen el desarrollo del país”. También que: “En México la educación dejó de ser factor de unidad nacional e impulsor del crecimiento económico y de la equidad social”. “Nos ha faltado visión y audacia en el diseño y proyección de las políticas educativas. Han prevalecido la demagogia educacional y el uso y abuso del corporativismo sindical”… y sentenció que: “México llegará hasta donde llegue su educación”. Razón de más.

Con visión y el apoyo de los presidentes de la República para los que trabajó, y un equipo de trabajo que él formó, impulsó los cambios que una complicada realidad -sobre todo en el terreno educativo- demandaba. Entre otros, la desconcentración administrativa de la SEP, para favorecer la coordinación en los estados (había 17 funcionarios federales del área educativa en los estados trabajando cada quien por su lado; a los maestros federales de primaria tardaba dos años en llegarles su primer pago).

También colaboró en la reforma constitucional relativa a la autonomía universitaria (ante la emergencia del sindicalismo universitario de los ochenta del siglo pasado); el programa primaria para todos (ante los rezagos sociales registrados); la fundación del INEA (1981) (para combatir el analfabetismo); la creación del Conalep (1978) (para atender la demanda de técnicos profesionales); la Universidad Pedagógica Nacional (1979) (para fortalecer la formación docente, entre otras); e impulsó un amplio sistema de becas, transformando el concepto tradicional de las “casas de estudiantes” (para combatir la simulación, la manipulación política y el derroche de auténticos barriles sin fondo, subsidiados con dinero público). Todo eso en solo cuatro años.

A Solana le tocaría enfrentar también los primeros brotes de disidencia magisterial surgidos en 1979 en Chiapas y Oaxaca, extendidos después al DF, Guerrero, Morelos, Michoacán, Hidalgo y el Estado de México en demanda de mejores salarios, y la democratización del SNTE. Siempre negociador y conciliador, ejerció la administración y la política con carácter, sensibilidad, mesura, sentido de la realidad y visión de Estado.

Realmente son pocos los mexicanos recordados que han pasado por la silla principal se la Secretaría de Educación Pública en México, desde que el presidente Álvaro Obregón la fundara en 1921, nombrando como primer secretario al eminente José Vasconcelos -bien recordado, por cierto-.

La dependencia educativa no figuró entre las primeras Secretarías de Estado en la conformación de la República Mexicana (1824), dado que la materia educativa, junto con la religiosa eran de las que generaban una mayor controversia en el debate político entre la Iglesia y los gobiernos mexicanos del siglo XIX y principios del XX. Por eso, de 1861 a 1891 se llamaba Secretaría de Justicia, Negocios Eclesiásticos e Instrucción Pública. De 1891 a 1905 quedó solo como Secretaría de Justicia e Instrucción Pública y a partir de 1905, con las reformas de Justo Sierra, se le aparta de la de justicia y se le da el nombre de Secretaría de Instrucción Pública, de acuerdo a las concepciones educativas de la época, y es en 1921 cuando se le quita el término “Instrucción Pública”, derivado del Positivismo en boga, para darle a la formación educativa una dimensión más general y global, y se le denomina “Secretaría de Educación Pública”, nombre que permanece hasta la fecha.

Entre 1921 y 2016, 34 mexicanos han ocupado la titularidad de la SEP. La mayoría de ellos, personas eminentes y destacadas en el campo de la educación y el servicio público. De esos, solo cuatro repitieron en el cargo: José Manuel Puig Casauranc, que fue secretario con los gobiernos de Plutarco Elías Calles y Pascual Ortiz Rubio; Narciso Bassols, que lo sería con Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez; Jaime Torres Bodet, con Manuel Ávila Camacho y Adolfo López Mateos; y Fernando Solana.

Se dice poco, pero entre los 34 titulares de 1921 y 2016, en la Secretaría de Educación Pública lucharon contra el analfabetismo, que en 1921 afectaba al 85 % de la población para reducirlo ahora al 4.2 %.

La obligatoriedad de la educación en todos sus niveles, que fue siempre preocupación de todos los presidentes de la República -sin excepción-, se fue dando en la medida en que el gobierno federal y los estados construyeron la infraestructura requerida, se hicieron de los recursos económicos necesarios y pudieron formar al personal docente en cantidad para hacer frente a una demanda de la población en constante crecimiento. Tanto Obregón como Calles (ambos profesores de educación primaria) decretaron la obligatoriedad de la educación primaria, pero fue hasta el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934) cuando se reforma el artículo tercero de la Constitución para implantar su obligatoriedad, que se refuerza con la reforma del presidente Alemán en 1946 cuando las escuelas normales ya habían cuajado.

Sería hasta 1993 cuando mediante otra reforma se estableció la obligatoriedad de la educación secundaria. La obligatoriedad en preescolar se estableció hasta el 2002 y hasta el 2012 la educación media superior. Toda una lucha de generaciones.

Gracias a esos esfuerzos, con una población escolar de 37 millones de alumnos, el Estado mexicano forma en educación básica (preescolar, primaria y secundaria) a 26 millones de niños y jóvenes, 5 en educación media superior, 4 en educación superior y 2 en capacitación para el trabajo.

Entre los secretarios de Educación Pública más recordados por su actuación y sus aportaciones, se encuentran: José Vasconcelos (misiones culturales y casas del pueblo); Puig Casauranc (escuelas centrales agrícolas); Narciso Bassols e Ignacio García Téllez (educación técnica (IPN)y normales rurales ); Gonzalo Vásquez Vela (escuelas normales); Jaime Torres Bodet (libro de texto gratuito); Manuel Gual Vidal y Víctor Bravo Ahuja (educación tecnológica); Fernando Solana (desconcentración administrativa y creación de instituciones); Jesús Reyes Heroles (revolución educativa); y Ernesto Zedillo (federalización de la educación: recursos a los estados para que operen directamente sus sistemas de educación básica y normal).

Casos patéticos también los hubo: Octavio Véjar Vásquez, furibundo anti cardenista y anti escuela rural en el período de Ávila Camacho; Fausto Alzati, que sólo duró cuatro meses en el cargo; y Reyes Tamez, que -ironías de la política- terminó sirviéndole al PANAL como legislador federal.

En el futuro -más allá de las tolvaneras y los encontronazos focalizados-, la reforma educativa impulsada por el presidente Enrique Peña Nieto y operada por Emilio Chuayfett y Aurelio Nuño, será ampliamente reconocida. Se trata de la décima reforma experimentada por el sistema educativo mexicano desde 1921: 1) La creación de la SEP; 2) La reforma de Bassols de principios de los 30; 3) La conocida como de Unidad Nacional de 1943 de Torres Bodet,; 4) La creación de los libros de texto gratuito de 1959; 5) La expansión del sistema de educación tecnológica (1966); 6) La fundación de la telesecundaria (1969); 7) La expansión del sistema universitario (1970); 8) La desconcentración administrativa de 1978; 9) La federalización educativa de 1993; y 10) La reforma para la calidad educativa del presidente Enrique Peña Nieto.

En todas esas reformas, el sistema educativo mexicano ha experimentado grandes resistencias a los cambios. Unas más, unas menos, pero todas.

Al tratarse de un México inserto en la pluralidad y con las tensiones propias provocadas por la transición política y las reformas sexenales del presidente Peña Nieto, los problemas de hoy -con las proporciones debidas- guardan similitud con los de ayer. Las soluciones también. ¿Cómo le hicieron Torres Bodet, Solana, Reyes Heroles y García Téllez, entre otros, para enfrentar obstáculos y resistencias dando prioridad a las necesidades nacionales?

Apenas en 2006 Solana decía: “Se requiere asumir un compromiso nacional en favor de la educación. No se trata de dejar el asunto solo a los funcionarios encargados de las políticas educativas, ni a los maestros. Lo que no hemos logrado como sociedad es ampliar las esferas de aprendizaje a todos los espacios cotidianos” […] ”Una verdadera voluntad política para construir el país que queremos la inmensa mayoría de los mexicanos”. Tenía razón. Queda de tarea. Descanse en paz el gran mexicano de excepción que fue Fernando Solana Morales.

bulmarop@gmail.com